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02/10/2009
1ª SESIÓN
1 – Llegada: tempestad y calma.
Como decía, era una noche de primavera cuando, casualmente, al llegar a Ragnak comenzó a llover con fuerza. La gente corría para guarecerse, así que me dirigí a uno de ellos y pregunté por la posada. Me abrió un hombre viejo, que me ofreció descanso y tranquilidad por 2 piezas de oro. Eché mi mano a la mochila y gustosamente le pagué. Me entregó la llave y subí las escaleras hacia mi habitación.
De madrugada, la furia tormentosa chocando con la ventanita que tenía junto a los armarios me despertó. En realidad no estaba dormido, tan solo meditaba para mantener mi mente relajada.Hice ademán de levantarme, había pensado echar una ojeada a un librillo de primeros auxilios que me regalaron las monjas; pero, de pronto, escuché unos pasos lentos, serenos. Me coloqué junto a la puerta y distinguí como cruzaban el pasillo. Me asomé con sigilo y vi a un hombre dormido, bajando las escaleras. Al seguirle pude presenciar cómo intentaba abrir la puerta, cerrada, y tras eso se dejó caer para continuar durmiendo en el suelo.
Volví a mi cuarto y saqué el libro de medicina. En un par de horas aprendí a realizar torniquetes, y encontré de gran utilidad la descripción de procedimientos de extracción de flechas. Percibí notablemente cómo cesaban los ronquidos conforme se hacía de día, y poco después dejó de llover.
2 – La taberna de Manuel.
Cuando bajé aquello estaba repleto de gentes de todo tipo. Algunos guerreros peleaban en sus mesas, y en general aquel barullo apenas permitía hablar sin alzar la voz.
Me senté en una mesa apartada y poco después me sirvieron el desayuno. Dejé diez piezas de cobre en la mesa y mientras comía traté de escuchar los temas de conversación.
Alguien hablaba de una isla, aunque no alcancé a distinguir qué decía sobre ella. No me extrañó, ya que en aquella zona las islas eran comunes. De pronto veo a un tipo grande, con armadura y una gran lanza. Muy bien peinado, para ser un vulgar guerrero como los demás. Estaba retando a otro a un pulso, aunque perdió la apuesta y se marchó.
Puntualmente me acerqué al tabernero, quería comentarle unos asuntos…
-“Disculpe, ¿puede atenderme?”
-“¡Claro!, ¿en qué puedo ayudarte? – aquel hombre de apariencia bonachona parecía dispuesto a cualquier cosa. – ¿Quieres que te sirva otro plato?
-“No, no, …no te preocupes. Busco a una persona sabia, alguien que pueda resolverme unas dudas. – No tardé en corregirle.
-“Bueno, ¡yo tengo un hermano que sabe mucho! Seguro que puede ayudarte.
-“¿Y podrías indicarme cómo encontrarme con él?
-“Claro, ve hasta la armería y entonces giras a la derecha. Llegarás a la plaza y entras por la izquierda; allí está él, en la 3ª casita de la 2ª calle. Verás un símbolo en la tienda.
-“Vale…creo que lo recordaré.” – dije en tono irónico, aunque en seguida saqué mi diario para anotar las indicaciones por si acaso. – Por cierto, ¿A qué deidad debes tus rezos?
-“¿Yo?, a Pelor, como casi todos los humanos. Él es el dios del Sol, elfo.
-“De acuerdo – Hice un gesto de complicidad – tenía curiosidad.
Salí de allí en busca de mi objetivo. Había un pequeño corro en la plaza que me llamó la atención, pero decidí no acercarme hasta que no resolviese esto.
Encontré el lugar, una tienda de pociones con toda seguridad. Llamé pero al ver que era horario de ventas, entré. Ni un cliente. Estaba yo solo.
Bueno, no es del todo cierto: Tras una especie de recepción al fondo, una mesa de laboratorio llena de probetas, pociones y extraños artilugios, distinguí a un hombrecillo.
Me acerqué y, sobresaltado, se giró para preguntarme qué buscaba. Le conté que venía de ver a su hermano (al parecer eran una gran familia, y no recordaba del todo bien que tenía un hermano en la posada), que tenía una cadena con un símbolo que desconocía y, en definitiva, que necesitaba descubrirlo.
-“Ah, ese símbolo es… – titubeaba un poco mientras, rascándose la cabeza, trataba de encontrar las palabras. – …si no me equivoco hubo una ciudad élfica que fue atacada. Devastada. No soy muy entendido en esas artes, pero sin duda es élfico y… bueno, no sabría qué más decirte.
-“Bueno, es de bastante utilidad. ¿Sabe de alguien que pueda ayudarme a descifrarlo? – Soy malo fingiendo, y realmente estaba ansioso de respuestas.
-“Umm… bueno, hay alguien. Un elfo como tú, pero… – Hablaba inseguro. – Verás, él es noble (aquí hay una gran distinción de clases, como sabes) – Me explicó en voz más suave, como queriendo que quedase entre nosotros pese a que allí no había nadie más. – y por si fuera poco ¡¡tiene muy malas pulgas!!. Su nombre es Aust.
En aquel momento se me ocurrió, inevitablemente, que podría hacerme pasar por uno de ellos. Había visto como por la zona más baja de la ciudad se movían los más pobres, y en la parte cercana al palacio la gente noble vestía más elegantemente, y en general mostraba un aspecto mucho más cuidado. No creí que sería difícil.
Volví a la taberna. Me saludó el tabernero y me preguntó por su hermano. Antes de nada le pregunté por su nombre; me dijo que él era Manuel, y su hermano Pedro.
En aquel momento entra el hombre fórnido que había perdido el pulso unas horas atrás. Traía un cargamento de pescado.
-Será el ayudante. – Pensé.
-“¡Hey! ¿Dónde dejo esto?” – Dijo él, jovialmente.
-“Aquí mismo, ¡muchas gracias, de veras!” – Manuel parecía incapaz de cargar con aquello.
-“¿Y qué hago con el pescado viejo? …Espera, *ffflashh!*” – Tocó el pescado y con un conjuro parecía haberlo vuelto a dejar fresco, como recién pescado.
Manuel estaba sorprendido, ahora tenía el doble de raciones. El hombre se presenta:
-“Yo soy Akros.”
Asiento con la cabeza, pero no me presento. Parece una persona firme y decidida, pero no le conozco lo suficiente.
Empieza a charlar con Manuel y conmigo. Al parecer también se ha hecho eco de la isla que todos comentan. Hay viajeros desaparecidos, antes había una capilla allí… todo muy intrigante.
-“¡Esperad, que os preparo algo de comer!” – Manuel, tan amable como de costumbre (y sólo le conocía de aquel mismo día).
Al poco sale con un delicioso plato para Akros, y en ese momento llega un guerrero joven, alto, rubio, ojos azules… pero de aspecto muy desaliñado. Se acerca al plato y empieza a comer.
-“Eso no estuyo.” – Le espeto.
Sigue comiendo, a lo que Akros se le acerca e insiste:
-“¡Oye, que eso es mío!”
-“Eso estaba ahí” – le contesta con comida en la boca, no deja de meterse trozos.
Empiezan a discutir y mientras Manuel me recomienda un plato especial. Me trae pescado con patatas y verduras. Delicioso.
3 – Búsqueda.
(Más tarde…)
Después de discutir un rato y presentarnos (aquel tipo maleducado se hace llamar Stak), Akros nos pregunta si nos interesa participar en una misión. Nos explica que se trata de explorar la isla “maldita”, y tratar de averiguar qué ocurre.
Me lo pensé un rato, pues en realidad no me apetecía cambiar mi curso ni, mucho menos, mis objetivos. Pero finalmente me dejé llevar, en parte porque siempre busco aventura, y además (principalmente) porque le ofrecí mi ayuda a cambio de que al volver me hiciese un pequeño favor (ya contaré lo que tenía en mente).
Nos dirigimos al puerto, mientras charlamos entre nosotros.
-“Y bien, ¿qué me puedes contar sobre ti?” – preguntó Akros.
-“…” – me quedo pensando – “yo… bueno, ¿realmente te interesa?”.
-“No sé, si no quieres contarme nada…”.
A llegar preguntamos a los marineros. Necesitábamos alguien que nos llevase, pero parecen no estar muy por la labor. Uno de ellos parece asustado. Otro se niega. Finalmente dimos con uno, regordete pero fuerte, de piel pálida, pelo corto y con bigote. Era un pescador que nos pedía traer de vuelta a algún compañero desaparecido. A cambio nos entregó una barca de dos remos. También nos habló de su hermano gemelo, por si le identificábamos. Como él “pero sin bigote”, nos dijo.
Nos llevó casi 4 horas surcar el mar hasta llegar a la isla. A lo lejos vimos aquel trozo de tierra, elevado sobre unos acantilados que, al parecer, la bordeaban. Conforme llegábamos se hizo complicado continuar remando, así que bajamos y tratamos de escalar una pequeña altitud. En aquel instante, como si de una macabra bienvenida se tratase, escuchamos un grito desgarrador. Parecía de chica joven. Seguidamente, una especie de cántico o salmo.
“Me siento mareado, es una extraña sensación que percibo proveniente de allí.”
No llegué a decírselo a mis compañeros, pero sufrí una visión, una alucinación cuya causa sigo desconociendo aun hoy. Aquel flashback me mostraba una ciudad en llamas, asestada de personajes misteriosos y ataviados con túnicas oscuras. Se olía magia. Se escuchaban gritos como aquel que nos saludaba.
Una vez arriba pudimos ver la capilla y un gran faro tras ella. Emitía una inusual luz azul. Continuamos hasta las escaleras que dirigían a la pequeña construcción, y finalmente llamamos a la puerta.
Unos segundos después abre la puerta un hombre calvo, de cejas negras.
- “¿Qué hacéis aquí?”
- “Venimos del monasterio” – contesta Akros en un tono sereno.
- “Queremos saber lo de las niñas. Esas desapariciones de las que hablan en la ciudad.” – se precipita Stak, irrespetuosamente.
- “¡No os incumbe!” – replica el monje, notablemente enojado.
Stak insistió.
- “No tengo nada que ver con eso.” – decía aquel encapuchado, cada vez más nervioso en su hablar.
- “¿Qué me dices sobre la luz del faro? ¿Por qué es azul?” – pregunta Akros curioso, tratando de inquietar o presionarle.
- “Es blanca” – contesta con una pequeña sonrisa, en lo que miramos de nuevo y, efectivamente, se había vuelto blanca.
- “Bueno,… ¿podríamos pasar? – preguntó Akros entonces.
- “Eh,… estoy solo.” – me percato en su mirada, al tiempo que un gesto de sus manos le delata – “¿Por qué querríais entrar?”
Pensaba decirle que mentía, pero me limité a mirar a mis compañeros con un gesto de complicidad. Inmediatamente una fuerza invisible me empujó y caí al suelo.
Oigo unos pasos. Veo pasar una túnica de color negro, que para enfrente de todos nosotros:
- “Tendréis que pasar por encima de mí.” – Dijo una voz masculina que infundía temor sólo con notar la gran seguridad y valentía de sus palabras.
Alcé la vista y distinguí su cabeza rapada, marcada en la frente con un símbolo. Era una especie de cruz con las astas estiradas horizontalmente. Se dio la vuelta y se adentró en la capilla como animándonos a seguirle. Dentro, la oscuridad se diluía a causa del halo de energía que circulaba entre sus manos, y descubrimos que aquello no era una capilla sino una sala vacía. Al parecer se trataba de una tapadera… ya averiguaríamos los motivos. En el centro, un pilar enorme y al fondo varias estanterías junto a una pequeña puerta.
De la manga del monje distinguí a ver algo afilado, cortante. La batalla comenzó.
Akros cargó contra él pero tropezó cuando estaba a unos pasos. Con un flechazo en el hombro traté de entretener el asalto mientras Stak se disponía a atacarle ferozmente.
El monje no perdió tiempo y cargó a Akros, pero éste, inteligentemente, colocó su larga lanza contra su pecho, de forma que hirió a nuestro calvo enemigo.
Tras unos duros asaltos, y en un descuido, Akros arrolla con todas sus fuerzas y consigue empujarle cerca de la puerta de salida, con la inesperada suerte de que cayó por el acantilado y le perdimos de vista. El otro monje había desaparecido mientras tanto, así que nos adentramos en busca de pistas.
Me acerqué a las estanterías y rebusqué un poco en una de ellas. Nigromancia, magia general, historias o leyendas… Me decidí por uno con la tapa arrancada. Estaba cubierto de polvo y apenas se distinguía el título, así que pasé de página y leí “Historia de una aventurera”. Me pareció interesante así que lo guardé en mi mochila. Suelo leer a menudo. En mis viajes siempre he tratado de aprender sobre los lugares que visito, su historia, etc.
Nos acercamos todos a la puerta y cogí el pomo. Estaba impregnada con alguna sustancia, pero pude abrirla. Entramos en el faro y vimos una gran escalera en forma de caracol. Escuché un correteo arriba. Esquivamos una cuerda trampa en el suelo y subimos hacia arriba. Akros en primer lugar, yo el último. Me fijé en una puerta incrustada en la pared del faro, la cual daba al vacío. Avisé a los otros y al asomarme vi que la parte superior quedaba accesible gracias a unas pequeñas escaleras. No sin dificultades, conseguí subir por ellas. Akros y Stak no pudieron debido a su peso y las armaduras que portaban. Una vez arriba, una puerta enlaza a una especie de buhardilla. Detecto una trampa cuyo mecanismo se acciona al abrirla completamente, así que utilizando una cuerda abro a medias y bajo de un salto. Inmediatamente varias flechas salen disparadas en mi dirección, pero consigo esquivarlas con agilidad.
Allí estaba, en una sala oscura, mediocremente amueblada. Únicamente un escritorio con una bola de cristal llaman la atención. Mi curiosidad me hace acercarme y entonces… toqué aquella bola.